• D Allen y Amigxs

El Niño en la Mina/The Boy in the Mine (Algunos comentarios en el koan, El Buda Levanta una Flor)

Cuando era niño, iba con frecuencia a una antigua mina cercana a nuestra casa. Dentro estaba muy oscuro y casi completamente silencioso. Me encantó ese silencio. Mi casa era ruidosa pero hacía más ruido dentro de mí porque no era un hogar feliz. Mi madre sufría de ansiedad y por eso constantemente criticaba y me gritaba a mí y a mis hermanas. La radio o la televisión siempre estaban en alta voz. En el silencio de la mina encontré algo de paz lejos del ruido y el conflicto en mi casa. Sentí que también había algo más profundo en ese silencio, algo que parecía vasta e incluía el amor. Si dejo que mi atención vaya a ese silencio más profundo por más de unos pocos momentos, sin embargo, me asusté. Así que, en general, simplemente disfruté de la paz y el silencio suave en la oscuridad de la mina hasta que llegué a casa.


Por mucho que me gustara estar en la mina, a veces me sentía un poco descontento porque me sentía solo. Nadie más estaba en el silencio pacífico, y a veces aterrador, conmigo. Cuando invité a amigos a que se unieran a mí, entonces no estaba solo, por supuesto, pero luego no experimenté el profundo silencio. Entonces a menudo me sentí aún más solo.


Cuando era niño, pensé que mi experiencia de silencio dependía de estar en un lugar silencioso. Pensé que el silencio estaba fuera de mí. Más tarde, como un adulto joven, descubrí la meditación. Mi primer maestro me dijo que el verdadero silencio, la verdadera paz y, en última instancia, la felicidad, dependían de tener una mente silenciosa: una mente vacía, libre de pensamientos, historias y emociones fuertes. A veces experimenté una mente vacía, y eso fue profundamente pacífico y importante. Sin embargo, en este estado mental pacífico no sentí mi corazón y no me sentí muy conectado con otras personas de una manera humana.


Después de meditando por muchos años, y trabajando con koans, descubrí ese profundo silencio que apenas había notado cuando era niño en la mina. No dependía del silencio externo o de una mente vacía. Lo impregna todo. Me di cuenta de que este silencio tiene un corazón abierto y está vivo, vivo con las canciones de los pájaros, el fuerte ruido del tráfico, la luz de la luna y las estrellas. En este silencio, veo y siento cómo todo, incluso cada uno de nosotros seres humanos, se entrelaza con todo lo demás y con todos los demás.


Cualquiera puede ver esto. Cualquiera puede entrar en esta vida. Todo lo que se requiere es anhelo, y luego atención. Atención amable y curiosa. Atención sostenida y relajada. No solo en la meditación sentada en silencio, sino en escuchar una charla o en una conversación. Dentro y fuera de la sala de meditación.


El Buda levanta una flor. Él la gira suavemente en sus dedos. Kashyapa sonríe. El niño en la mina está sentado en el silencio que es la paz más allá de las palabras y el entender. El mundo entero está allí con él, y siempre estuvo allí con él.


--------------English version------------


The Boy in the Mine (comments on the koan, The Buddha Holds Up A Flower)



When I was a boy I went often into an old mine close to our house. Inside it was very dark and almost completely silent. I loved that silence. My home was noisy, but it was more noisy inside me because it was not a happy home. My mother suffered from anxiety and so she constantly criticized and yelled at me and my sisters. The radio or television was always on loudly. In the silence of the mine I found some peace from the noise and conflict in my home. I sensed there was also something deeper in that silence, something that seemed vast and included love. If I let my attention go to that deeper silence for more than a few moments, however, I became frightened. So I just enjoyed the peace and soft silence in the darkness of the mine until I was time to go home.

As much as I liked being down in the mine, I was sometimes a little unhappy there because I felt lonely. No one else was in the peaceful, and sometimes scary, silence with me. When I invited friends to join me then I wasn’t lonely, of course, but then I didn’t experience the deep silence. Then I often felt even lonelier.

As a boy, I thought my experience of silence depended on being in a silent place. I thought silence was outside me. Later, as a young adult, I discovered meditation. My first teacher told me that real silence, true peace of mind and, ultimately, happiness, depended on having a silent mind—an empty mind free of thoughts and stories and strong emotions. I did sometimes experience an empty mind, and that was profoundly peaceful. Yet in this peaceful mind state I didn’t feel my heart and I didn’t feel very connected with other people in a human way.

After meditating for years, and working with koans, I discovered again that deep silence I had barely noticed as a boy in the mine. It didn’t depend on external silence or on an empty mind. It permeates everything. I realized this silence holds my heart more open and is alive—alive with the songs of birds, the loud noise of traffic, the light of the moon and the stars. In this silence, I see and feel how everything, including each one of us human beings, is interwoven with everything else and everyone else.

Anyone can see this. Anyone can fall into this aliveness. All that is required is the longing, and then attention. Gentle and curious attention. Sustained attention. Not only in silent sitting meditation, but in listening to a talk, or in a conversation. In and out of the meditation room.

The Buddha holds up a flower. He twirls it gently in his fingers. Kashyapa smiles. The boy in the mine is sitting in the silence which is the peace that is beyond words and understanding, and the whole world is, and always was, there with him.

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